Cuando escuchó la melodía estridente de su celular, lo sacó de su bolsillo con prudencia y verificó la llamada. ¿Han escuchado ese refrán que dice “una mirada dice más que mil palabras”? Pues, hubiesen visto aquella mirada que le transformó la cara en un lienzo pálido y tieso. Se quedó inmóvil por un periodo aproximado de cinco segundos, por redondear. Y yo acá pensando, que absurdo, si yo no soy una mujer muy exigente. Cuando su incapacidad le dio permiso de hacer algo me miró de reojo y contestó, finalmente. ¿Saben cuando una persona respira profundo, se creen y que disimuladamente, antes de entrar en personaje? Pues, ese respiro que tomó antes de escupir el ¿Qué es la que hay? mas nebuloso que jamás pudo haber improvisado no le ayudó mucho a desviar las sospechas. Y entonces me puse a jugar a las adivinanzas: A que se ríe como quien no esconde nada y se levanta de mi lado sin mirarme a los ojos, y tal vez me sobe el muslo como diciéndome “vengo ahora”, y se esconde en la parte más remota de la casa para sentirse libre de decirle mi amor. No es por presumir, pero estas cosas ya se me hacen aburridas acertarlas. No pude evitar soltar media sonrisa cuando me sobó el muslo y me lanzó una guiñadita, esa sí que no me la esperaba. Se puso de pie y caminó hacia el otro extremo de la casa. Y yo tratando de entender esa necesidad enfermiza que han tenido los hombres en esconderme sus amoríos. Si yo siempre he sido muy pública en cuanto a mis intereses íntimos, que siempre son muy variados y hasta el día de hoy no me he conformado con tan solo uno. Si les he otorgado esa libertad, que ni siquiera me pertenece, de que contesten una insignificante llamada a mi lado y que le digan abiertamente Hola, mi vida, ¿para qué tanta majadería? Lo prohibido sabe mejor, eso he escuchado decir. Y si es así el asunto, entonces no los culpo tanto. Regresó unos tres minutos después de su sospechosa partida comentando entre risas pujadas un recuerdo muy oportuno que le llegó perspicazmente a la memoria. “Acho, caminando pa’ca me acordé de Julio bailando salsa. Tiene dos patas izquierdas ese cabrón.” Y nos reímos juntos, porque ciertamente el recuerdo de Julio bailando salsa es muy gracioso. “He tratao’ toa’ la vida de ensenarle a bailar y no aprende. Pero que se joda es mi pana, hay que aceptarlo como es.” Se sentó a mi lado y me miró a los ojos, ahora sí se atrevía, pues tenía que verificar de alguna forma que yo no intuyera algo en sus movidas. En ese momento le di un beso para que se tranquilizara y retomamos aquello que la llamada interrumpió, una película. Me echó el brazo, me acarició el cabello, me pegó la punta de su nariz respingada en el cuello repetidas veces, “que rico hueles”. Fue toda una velada romántica, y él muy romántico, como nunca me encargué de exigírselo. Todo lo contrario, me gusta esa atmósfera amistosa y juguetona que se rompe de cantazo cuando hace demasiado silencio y la entrepierna empieza a ladrarte. No me mal interpreten que lo romántico también me gusta, pero solo cuando sale natural y no es forzado por un miedo vacilante que pretende tapar el sol con un dedo. De igual manera me disfruté el teatrito, que dentro de todo tenía algo de sincero, más me gustaba cuando me acariciaba como inconscientemente las costillas y se me paraban todos los pelos. Una vez me vio responder positivamente perdió el miedo y se creyó todo un Casanova.
Tres horas más tarde reposábamos desnudos sobre mi cama. Yo le miraba el pelo empapado de sudor, los ojos cansados, la boca medio abierta. Me gusta verlo así, casi muerto de felicidad. Cuando escuché la melodía copiosa de mi celular lo verifiqué sin prudencia: Julio… … … ¿Han escuchado el refrán que dice “una mirada dice más que mil palabras”? Pues, no se imaginan lo mucho que me alivió saberlo dormido e incapaz de verme aquella mirada que me transformó la cara en un lienzo pálido y tieso.